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Barrio Universitario

 

1910: La Universidad Nacional y el Barrio Universitario
México, 2011, PUEC-UNAM, 170p.

 Prólogo
José Narro Robles

El libro 1910: La Universidad Nacional y el barrio universitario constituye un valioso esfuerzo por recuperar la vida universitaria durante los primeros años de lo que hoy es la Universidad Nacional Autónoma de México. Al cumplirse el primer centenario de la unam, de cuyos festejos este libro forma parte, es importante recordar los principales componentes del entorno social y cultural que caracterizaban al barrio universitario, un espacio que se conformó en pleno centro de la Ciudad de México, donde se localizaban las escuelas que integraron la Universidad, tal y como lo planteara Justo Sierra desde 1881.

Es importante tener presente que la comunidad universitaria de entonces no sólo desarrollaba actividades académicas y culturales en el llamado barrio universitario, sino que allí vivía y transcurría su vida cotidiana. El atractivo de las librerías, los cafés, los clubes, así como la oferta cultural y de entretenimiento que brindaban los teatros, cines, billares y bares, estimularon el desarrollo de las actividades intelectuales más sobresalientes del país, a la vez que dio un nuevo impulso a las políticas gubernamentales al iniciarse el siglo xx.

Conformado por un conjunto de valiosos predios arquitectónicos e históricos, el barrio universitario estaba estrechamente ligado con la vida urbana. Se trataba de una peculiar situación, ya que la vida académica estaba cobijada por “La ciudad de los palacios” así como por el amplio abanico de actividades que se desarrollaban en el centro de la Ciudad de México. Por ello, reconstruir la historia del vínculo que creó la Universidad Nacional en 1910 con el llamado barrio universitario constituye un loable esfuerzo que nos permite comprender mejor cómo se fue constituyendo la fuerte identidad y el profundo sentido de pertenencia que posee hoy la comunidad universitaria.

Las condiciones cambiaron cuando la Universidad Nacional Autónoma de México se estableció en la Ciudad Universitaria en 1952 y las actividades académicas se trasladaron del Centro Histórico al sur de la Ciudad. La construcción del nuevo campus universitario respondió a las exigencias de mayor espacio requeridas por el crecimiento del número de carreras, de la población estudiantil y del cuerpo docente. Actualmente la unam tiene instalaciones donde se realizan actividades de docencia, investigación y difusión en 27 entidades federativas, pero todavía hoy muchos de aquellos alumnos y profesores que abandonaron el centro de la Ciudad expresan nostalgia por aquel bullicioso y estimulante clima cultural que lo caracterizaba.

A partir de miradas diferentes, los trabajos aquí reunidos identifican actores y hechos relevantes que ocurrieron en la primera década del siglo xx, los cuales deben ser conser­vados en la memoria social por ser parte de los orígenes de nuestra actual Universidad. La principal aportación de este libro es contribuir a resguardar en la memoria de nuestra nación.

La existencia de aquel barrio universitario que fue el escenario urbano, social y cultural en donde transcurrió la vida de los universitarios en los primeros años de la Universidad.

Con la publicación de estos pasajes de la historia universitaria en este 2010, año en el que también se celebran el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, la unam refrenda su compromiso con el impulso de actividades de alto nivel académico y cultural en el conjunto de predios universitarios que dieron origen al llamado barrio universitario y que hoy forman parte del principal espacio histórico y arquitectónico del país, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.


 

El Barrio Universitario de la Revolución a la Autonomía
México, 2014, PUEC-UNAM, 240p.

 Prólogo
Alejandra Moreno Toscano

 Seis universitarios escriben sobre la vida en el barrio universitario durante los primeros años del siglo xx. Han llamado a ese tiempo “de la Revolución a la Autonomía”. Estudian un espacio que cabe en seis edificios, con sus enormes patios, y unas cuantas calles; es decir, lo que era el Centro para los universitarios de aquel entonces. Los artículos vinculan y anudan la historia de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam) a la de su sede urbana originaria y recuperan escenas de debates, congresos, mítines, manifestaciones y corretizas; desfiles, fiestas, serenatas y bailes. Todas las formas en que los jóvenes se relacionaron con la ciudad y con sus autoridades.

Al leer esta historia toma forma una conclusión: durante estos años se está construyendo la noción inédita de “espacio público”: el lugar donde se participa y se toma la voz política, el espacio de la ciudadanía. Los episodios que se describen son significativos, pero reconozcamos que ochenta o cien años después no entendemos los riesgos políticos que se enfrentaban cuando se montaba una farsa o se dibujaba una caricatura. Para nuestras generaciones organizar un coro de tiples para cantar las estrofas de “Mi querido capitán” ya no es un acto de valentía ni muestra la oposición a la política de militarización de los jóvenes en la ciudad capital.

Invitar a los universitarios de hoy a que regresen a esos edificios y se reencuentren con la historia de la unam es uno de los méritos de este libro. Si vuelven a ver con ojos atentos esos viejos edificios, si recorren los pasillos olorosos a humedad del tercer patio de San Pedro y San Pablo, donde el Dr. Atl pintó su primer homenaje a las fuerzas de la naturaleza en murales —hoy desaparecidos—, si la placa del monumento que se levanta en el centro de ese patio, que dice: Aquí estuvo el Colegio de San Gregorio, les despierta la curiosidad por entender el porqué los jesuitas establecieron en ese sitio el primer colegio destinado a educar a los jóvenes indígenas… Si, finalmente, se detienen a admirar en el cubo de la escalera el hermoso mural pintado por Roberto Montenegro que sigue las reglas de la perspectiva tal como las siguió Rafael Sanzio, habrán captado el sentido de la herencia que México recibió de la unam.

Si, además, logran imaginar el ruiderío que armaban los preparatorianos entre clase y clase, mientras otros muchachos un poco mayores trepados en andamios llenaban con sus pinturas los muros del antiguo Colegio de San Ildefonso, habrán convertido un edificio del patrimonio universitario en un lugar de su personal memoria.

El libro que abordamos se ocupa de un periodo muy breve, contado en años transcurridos, pero se refiere a un cambio cultural enorme y profundo. No es lo mismo 1913 y la militarización forzada de Huerta que 1929 y la reacción a la imposición del candidato callista transformada en avalancha para demandar la Autonomía Universitaria. Algunos personajes mantienen presencia en ambos momentos (la Generación del 15) pero transmiten valores distintos antes y después del 29. Lo que nos explica el significado de vivir en tiempos de una revolución. Las fechas son momentos límite. Es decir, cuando cambian el pensamiento y la forma de mirar y los mismos objetos adquieren nuevos sentidos. Y bien sabemos que esos momentos límite son revolucionarios cuando permean la ética, la estética y la filosofía.

En 1929 ninguno imaginó que llegaría a vivir lo que vivió. A aquellos jóvenes los cambió haber vivido esa lucha política. El cambio fue tan profundo que creó una manera de entender lo que es ser universitario. Ser universitario es una tarea, una misión que se cumple ante el mundo, es comprometerse a que todo lo adquirido por la vía del conocimiento tenga un sentido social. Los años fundadores de la unam fijan su lema: “Por mi raza, hablará el espíritu” y consolidan un principio: hacer, actuar, participar, transformar el mundo son parte inseparable del quehacer de los universitarios.

Esa determinación febril de hacer y transformar dejó una herencia imborrable en los muros de los edificios universitarios. En menos de tres años, unos muchachos, que andaban en sus veinte años, pintaron los muros, los auditorios, los corredores, las escaleras, los arcos, las cúpulas, las capillas de los antiguos edificios, conventos o colegios y templos. Los pintaron aplicando los conceptos del arte que entonces revolucionaban el mundo. Utilizaron como novedad las antiguas fórmulas renacentistas de la pintura al fresco. Propusieron como modelo a la gente común, a los escenarios de la vida comunitaria, a las escenas vividas de la guerra civil. Crearon formas nuevas con mirada fotográfica o cinética y convirtieron esos edificios en lugares que una vez vistos no se olvidan jamás. El Carmen, San Pedro y San Pablo, San Ildefonso, la Secretaría de Educación Pública, representan para nosotros una idea: una revolución lo es si construye nuevos valores y nuevos espacios públicos.

Entre 1910 y 1929 hubo cambios en todos los ámbitos de la vida social: atrás quedó la ciudad de las jerarquías y se abrió paso la ciudad expandida donde hallaron cabida oleadas de nuevos pobladores que llegaron a la capital buscando un lugar donde vivir en libertad, donde sus hijas pudieran estudiar y hacerse de una profesión que les permitiera vivir por sí y para sí. Donde los jóvenes con talento artístico llegaron a expresarlo sin más limitación que su talento. Al leer los ensayos que conforman este libro se entiende mejor la enorme atracción que tuvo la Universidad, desde tiempos de don Justo hasta Vasconcelos, para las mentes más lúcidas de Latinoamérica y adquiere su cabal dimensión el fermento cultural que provocó esa presencia en la ciudad de México.

El capítulo de Alicia Ziccardi, que abre este libro, ofrece datos estadísticos indispensables para caracterizar a los habitantes de la ciudad de México en un periodo de acelerado crecimiento demográfico. Una población que provenía de distintas regiones del país y que transformó la ciudad de golpe al aumentar la población del medio millón que tuvo en 1910 al millón y medio de 1929. Las familias construyen viviendas precarias en zonas sin servicios y echan a andar el proceso de expansión del espacio urbanizado como estrategia de gobernación. Lo que explica por qué las condiciones de vida empeoraron mientras se expandían los derechos sociales y la vida cultural adquiría un brillo excepcional.

Carlos Martínez Assad afirma que hablar de una vida universitaria “volcada hacia fuera” es tanto como referirse a la politización de alumnos y maestros: huertistas contra revolucionarios, obreros contra fifís, políticos pragmáticos contra liberales; todos son personalidades poderosas y todos tienen talentos singulares. Al comienzo de la historia les fue posible trabajar juntos, mantener un propósito común: el Anfiteatro de la Preparatoria sería el resultado de esa unidad. Al final, habrá escisiones y unos pintarán los muros del mercado Abelardo Rodríguez mientras otros hallarán el patrocinio para pintar las escaleras de Sanborns o del Palacio de Miravalle. La presencia que tiene América Latina en esta historia no se ha reconocido con suficiente fuerza, pero explica la sensibilidad nacionalista frente a los casos de discriminación a mexicanos residentes en Estados Unidos que rápidamente se transforman en protesta estudiantil.

Lourdes Alvarado enfoca la historia desde otra perspectiva. Le interesa el movimiento que se registra para que la Universidad se desarrolle en la periferia urbana. La ciudad central no es un buen lugar para el estudio. Es mejor estudiar al aire libre y cerca del pueblo. El modelo de campus universitario comienza a parecer atractivo: hay espacio de sobra para construir buenas instalaciones. Resulta esa visión centrífuga paralela a la federalización de la Secretaría de Educación Pública (sep). Y hasta podría decirse que, a su manera, responde al impulso por valorar lo local, lo tradicional, lo auténtico, frente a la ciudad que tomó de fuera su modelo urbano.

Guillermo Boils estudia los edificios fundadores de la unam. Observa que en esos años, desde el punto de vista arquitectónico, sucede un proceso de unificación que transmite a todos el mismo mensaje sobre el papel de la Universidad. Los artistas son los unificadores pues intervienen los inmuebles aprovechando la regularidad arquitectónica y cubriéndolos con murales que se refieren a la ciencia, la naturaleza, las artes, la cultura y la historia. Son seis los edificios fundadores de la unam. El gran legado de la Universidad a México.

Estela Morales enfoca su investigación en el estudio de la cultura impresa. Vasconcelos concedió una enorme importancia a las bibliotecas. También concibió series y colecciones de libros destinadas a educar a los maestros. Son grandes ediciones por su tiraje, por la calidad de sus ilustraciones y por la calidad de su edición. Los libros hermosos se aprecian más. Esa labor editorial materializó el papel de educador de hombres y sembrador de cultura que tuvo Vasconcelos. La idea de que la Primera Guerra Mundial profundizó la mirada introspectiva es atrayente. La base de esa visión son las bibliotecas y la publicación de clásicos de la literatura universal.

Mónica Toussaint resume el papel que tuvo José Vasconcelos como maestro, intelectual, político, rector de la Universidad Nacional y secretario de Educación Pública. Subraya la colaboración generosa que le dispensaron grandes intelectuales latinoamericanos como la chilena Gabriela Mistral, los guatemaltecos Miguel Ángel Asturias y Luis Cardoza y Aragón, el peruano Raúl Haya de la Torre, el boliviano Tristán Marof. Todos ellos contribuyeron a pensar la estrategia de alfabetización masiva y el método para llevarla a cabo. Vasconcelos hizo de la ciudad de México la referencia en América Latina de una educación con enfoque social. Esa política adquirió fuerza con el derecho de asilo otorgado a escritores, artistas y políticos latinoamericanos. Todos trabajaron para su nuevo país, todos dejaron una huella imborrable en la cultura mexicana.

Estas notas sólo pretenden invitar a la lectura de este libro y, sobre todo, incitar al lector a recorrer los edificios fundadores de la unam. Caminar por las calles y plazas que fueron escenario de esta historia de un México que se transformó profundamente entre la Revolución y la Autonomía, de 1913 a 1929, será una experiencia inolvidable.


 

Un destino compartido: 450 años de presencia de la Universidad en la Ciudad de México

UNAM-CH-PUEC, 2003, 255 p.

Juan Bustillo Oro, "El barrio universitario", en Vientos de los veinte, 1973, pp.133.

La Universidad Nacional Autónoma de México cuenta actualmente con diez recintos, que forman parte de su patrimonio inmobiliario histórico, en el Centro de la Ciudad de México. En ellos se realiza de manera permanente actividades académicas, de difusión cultural, divulgación e investigación, también ofrece diferentes servicios a la sociedad.  La conservación de la riqueza arquitectónica de los inmuebles, la diversidad de las actividades y la nutrida asistencia a las mismas, permiten corroborar que luego de que la UNAM trasladara en 1954 la mayor parte de su quehacer a Ciudad Universitaria, su presencia en el Centro Histórico continúa vigente.

Los recintos de la Universidad en el Centro Histórico de la Ciudad de México son fiel testimonio de su amplia trayectoria y tradición como una institución comprometida con la nación; a través de las actividades que desarrolla en ellos estrecha sus lazos con la sociedad y funge como nodo irradiador de la ciencia y la cultura en una zona vital para la ciudad y el país.

"La Universidad que Antonio Caso y José Vasconcelos extrajeron de las cenizas del positivismo para otorgarle nueva vida, comenzó a hacerse de un verdadero hogar, cobijado por la historia y caldeado por la tradición. Sus estancias, distribuidas entre las hermosas rúas de uno de los barrios más castizos de la Ciudad, no tenían cara de casas industriales; eran añosos palacios donde se alojaba públicamente la cultura […] Y todo aquello no era un recinto egoísta reservado sólo para los estudios sino un viviente poblado, lleno de hogares, comercios y talleres, en los que los estudiantes hallaban un refugio, amores y amistades. Expandíase el alma por las vetustas calles de El Reloj [Argentina], de Santa Teresa [Lic. Verdad] y Justo Sierra; por los frondosos jardines de Loreto y El Carmen; por los suntuosos edificios—el Colegio de San Ildefonso, la Secretaría de Educación, las facultades de Medicina [en la Plaza de Santo Domingo], de Ingeniería [en el Colegio de Minería, en la calle de Tacaba] y de Altos Estudios—y por las espaciosas plazas del Zócalo y Santo Domingo. Sí, aquello era una verdadera ciudad universitaria…

 

Enlace: Catálogo de recintos de la UNAM en el Centro Histórico